sábado, 20 de noviembre de 2010

EXOPIÉLAGO

“Estimados
camaradas descendientes:
Cuando hurguen
la mierda petrificada
de hoy,
estudien
las tinieblas de nuestros días,
ustedes
tal vez
pregunten también por mí”.

VLADIMIR VLADIMIROVICH MAIAKOVSKI
(“A plena voz”)





TENÍA USTED RAZÓN, CAMARADA DENG XIAOPING, LO IMPORTANTE ERA CAZAR RATONES

He cabalgado llanuras de delirio
como una sombra errante que disparaba
sobre esquirlas de acero en un páramo de cristal pulido;
he recorrido todas las trincheras a este lado
de la batalla de siglos, la guerra del tiempo;
he amado con pálpito lascivo, con abnegación absoluta,
pieles y corazones y cerebros y miradas que languidecían;
me he entregado en sacrificio a los hombres y las cosas
del mundo, la espiral de lo ilusorio.
Y ahora que me he plantado sobre mis propios pies,
despojado de vestidos transitorios y trinchas de combate,
ahora que soy adorado por un solo fiel que gasta
varillas de incienso y besos luminosos,
ahora,
agonizo con la indiferencia con que se consume
un viejo dios terrible y olvidado.





BALADA GRIS

Sopla gris el viento de octubre.

Gris el cielo, gris mi alma,
grises las cosas
en amontonamientos grises.

Gris mi amor
con festones grises,
gris mi corazón y mi sangre gris,

grises los hombres
y las mujeres grises
en calles envueltas en gris.

Y en la nada polvorienta
tus ojos grises.





NOCHE DE LAS ISLAS

El gran Dios Blanco fornica con un cerdo
hincándole el semen metálico hasta las entrañas,
perforando divinamente sus esfínteres
hasta volverle los ojos transparentes
y la lengua verde.

Este infame dios de rebajas de enero, el dios
que impone su reinado gris, brutalmente apagado,
en estas islas perdidas en otro continente,
extendiéndose como la inmundicia o la resignación
por la ciudad alargada, gusanera de avalancha,
y de cambalache y de madrugadas hipócritas.

Anaqueles y mármoles para seguir de rodillas,
en esta nación sin ardientes batallas, ni héroes, ni fechas gloriosas,
con gentes sumergidas en latidos subterráneos,
enfrentados como perros por los despojos y las migajas,
embarrados en desventuras y tarjetas de crédito,
mientras sonreímos a los imbéciles que bajan de balcones como cloacas,
o suben a las tribunas infames, a los púlpitos lascivos.

Indiferentes a todo, sumisos o engreídos,
nada saben aún del guerrero que empuña palabras como cuchillos
y se ha ceñido al cinto su largo sable,
que se está levantando al alba fría,
el bárbaro instruido que no trae la paz
sino la espada.





NANA

Duerme el joven bárbaro
y la noche es inmensa.
Inmensos los sueños
y plenas las estrellas
que acompasan su destino.
Sirio, Canope, Alfa de Centauro,
Betelgeuse y Rigel en Orión,
Vega, Capela, Arturo,
Procyon, Alfa de Eridano.

Sus pequeñas manos de matar,
o de acariciar,
derrotadas por el sueño se entreabren.
Altair, Aldebarán en Tauro, Pólux en Géminis,
Antares y Alfa de Cisne, que llaman Deneb.

Duerme el joven bárbaro
y la noche es inmensa.
Inmensos los sueños
e inmenso su destino.
Todas las estrellas lo acunan,
y un viejo arrorró que suena,
con voz grave,
junto a su oído.





EL AMADO DE LOS DIOSES

Amado de los dioses que te han regalado sus dones,
incluida la pobreza para que te forjes como el iridio,
en tu cabello brilla el sol de mediodía:
son tus ojos esquirlas de turquesa.

Embellecido por el bálsamo de Afrodita,
como el barquero Faón serás amado por Safo:
tal es tu destino y estos tus regalos.

De tus dioses familiares has obtenido
unas piernas fuertes y unas manos poderosas
y, sobre todo, un cerebro despierto
que las dirija a ambas.

Pon tu mirada en el camino que sube al horizonte,
joven guerrero, pues todo por delante es tuyo:
la sonrisa, la batalla por transformar el mundo,
miles de libros, las muchachas y los almendros en flor.

Y una espada de acero
para los tiempos sombríos.





PLEAMAR

Naos sumergidas lánguidamente en inciertas orillas,
en un torbellino oceánico de lentas olas persistentes,
una llama blanca, una torre de humo,
el horizonte violentado.

Plomizo el viento azul cargado de agua y de salitre,
salada la proa, salada la brisa, saladas las cosas,
salada la sal en chimeneas de espuma,
en maderas podridas, en barcos hundidos
dentro de barcos que se hunden.

Un ave sola en un espacio sin perfil, abandonado,
en una geografía gris y sin tregua,
desencadenada sobre nuestro corazón
como una costa solitaria y sombría.

Alguien vendrá a estas islas como sombras de un naufragio,
y soplará en las velas rojas de la sangre, con furia,
con un bramido húmedo y feroz de sal y de lluvia.

No es nada la costa, nada la extensa playa dormida,
sólo la espera del mar cargado de tiempo,
de ballenas arponeadas, de medusas,
de esperanzas carcomidas;

sólo la arena de una república que nunca llega,
cercada por el océano como un muro terrible de gelatina.

Y el mar turbio meciéndose en los huesos.





PLEAISLA

Somos espectros abandonados con sigilo sobre la orilla,
en los días siempre blancos de un mar muerto interior,
donde no golpean las olas ni se quiebra la marea.

Gentes que llegaron abatidas a través del océano
para desembarcar en un tiempo uniforme y espeso,
las familias que no tenían apellidos ilustres,
ni pendones amarillos, ni blasones pálidos, ni jesuitas fríos.

Con paciencia humillada y compacta como común substancia,
frente a los dueños de la tierra y el agua, los bajeles fantasmas,
los piratas corroídos por el yodo y las mesas inaccesibles,
el enemigo,
con todos los vicios de los atridas y los sueños venenosos.

Náufragos de este malecón a la deriva,
de este país sumergido, un desvanecimiento de costumbres y razas,
una clepsidra rota que gotea resignación y miedo y resentimiento,
el pecho inundado de herrumbre en el pálpito y en los latidos.

Alguien vendrá a estas islas que se pudren en el tiempo,
como un rayo de luz largamente propagado.

Aquí nos quedamos desvencijados y heridos,
dispuestos,
acechando.





PLEAHOMBRE

Nos apiñamos mirando insistentemente desde la orilla,
sobre los tetrápodos de la autovía, paralizados,
pero ya está aquí, entre nosotros, sonriendo,
y le brillan los ojos como un arcoiris de acero.

Seguimos esperando su pelo revuelto,
sus formas de guerrero, la katana
y el collar de huesos y caracolas,
pero ya ha llegado y no le hemos reconocido.

Tiene un nombre vulgar y no cena en los tabernáculos,
pero ha llegado como una sanguinolenta flor de nuestra propia carne,
su sangre salada como los ocho mares.

Ha desembarcado desde el mar interior de esperma y de relente,
y nos mira con un deleite verde, con un fulgor opaco,
con una confianza en nosotros de la que carecemos.

Como una espada terrible se ha puesto en nuestras manos,
y llega para que le empuñemos, para que nos convirtamos
en un río de cuchillos, en un océano de alfanjes,
en un huracán de cimitarras.

Llega, este hombre,
para que crezcamos sobre el mar.





LA GENTE DEL MARGEN

Y entonces, los grandes engranajes,
las terribles ruedas dentadas,
ennegrecidas, se ponen a girar.
En cartabones de cemento se extiende la ciudad
junto a la costa. Los hombres vienen y van,
se apresuran en este bosque gris y sofocante,
atrapados en la rueda de los deseos.

Tu ejército espera acampado en los barrios periféricos,
en las barriadas polvorientas y hacinadas,
en las cuestas, en los parques destrozados,
en las esquinas adversas,
en el margen.

Respiran a medias, se encorvan como mulas,
sudan agobiados, escupen, tienen tos,
cambian pañales, se pintan, encienden el televisor.

Sangre de tu sangre, si escribieran su vida
en viejas libretas amarillas, sólo tendrían cuentas,
semáforos, ambulatorios,
pretéritas fotos en una caja de caramelos,
loza por fregar, velatorios, bautizos,
y un corazón desesperado.

La infinita soledad del hombre.





DESEMBARCO

Como una oceánica marea de azogue,
como mares llenándose de alcrebite,
el destino ha llegado, el tiempo del bienmesabe
y de los relámpagos persistentes que gotean
un alba gris y madrugadas coloradas,
bajando a la arena húmedo, silencioso, letal.

El día que esperabas, el día terrible está llegando,
con violentas tempestades y aguaceros de plomo,
disolviendo las mercaderías,
los márgenes comerciales, el agiotaje,
sobre piedras verdes que han tocado el tiempo
y solitarios malecones bañados por la sal,
en una costa turbia.

Entre el temporal y la luz cegadora,
entre caracolas y bodegas interiores y galerías crepusculares,
desciende en cierto océano, en cierta orilla, en cierto dique,
un ejército que sube de las sentinas del buque de la historia,
una multitud densa, nutrida de geografía silenciada
y estremecimiento.

Náufrago en estas islas, espero agonizando
entre viejos camaradas vestidos de banderas transitorias
y mujeres amadas y niñas entreabiertas
y barrancos de esperma,
con la sumergida lentitud con que me hieren afiladas
tus siete estrellas en el corazón.





ACECHANZA

Nos extendemos sobre las ciudades como una horda maravillada,
con el corazón extasiado ante su maquinaria de humo;
nos apoderamos de sus edificios
como una ascendente espuma de hierro, y como el oligisto
corroemos sus cimientos, los remaches plateados,
los símbolos inconmovibles, las gárgolas dominantes.

Arrastramos con nosotros el polvo de las laderas,
la humedad sombría de los barrancos,
un cierto gesto intransigente,
la sobriedad de los desarrapados.

Y esperamos. Esperamos pacientemente que gire el universo,
que los dioses envíen a sus augures,
que llegue, de entre nosotros,
aquél que nos llame a romper las amarras,
aquél cuyas palabras nos despierten el corazón,
que nos diga, justamente, lo que necesitamos oír,
y no otra cosa.

En el arcén de la autovía de la historia, esperamos.
Esperamos para quitarnos estas ropas, estos modales,
el frío del alba, el sí señor, el qué le vamos a hacer,
el hollín azulado, la resignación amarilla, el olvido malva,
la sumisión gris
y el miedo.

Esperamos, pacientemente,
el toque de a degüello.





PROMETEO

"Mi alma arde en pura llama roja"
(ALONSO QUESADA)

Cuántas veces has circulado por mis venas, amarga y espesa,
cuántas veces ha centelleado mi corazón en el instante púrpura,
cuántas veces, amor, has sido almizcle solitario
o la fragancia del mundo.

Arrebatada y triste, como una enredadera solitaria
has acompañado en la noche a este niño solo perdido en lamentos,
hemos caminado juntos por túneles desconocidos
llenos de ojos nocturnos,
nos hemos sumergido en tinieblas húmedas
y quemaduras de ámbar.

Mi alma se funde con la tuya de forma compacta y sagrada,
como las vetas del ébano de Makasar,
se desboca en tu boca y en tu risa resbala,
se vuelve fuego y luz y alegría,
crece más allá de los ladrillos del planeta
y de la eclíptica,
se vierte en ciertas cosas oscuras y salvajes.

Y tú que te abrazas a mi corazón
como a una roca vieja y calcinada.





IGUIDA IGUAN IDAFE

Son sagradas para nosotros las montañas,
y tras las montañas sólo hay el Gran Vacío.
Sobre estas tierras, a través del océano,
volando en la voz del siroco y la calima,
nos pusieron los dioses rapaces y luego nos olvidaron.

Ahora vivimos con el énfasis de la gasolina,
detrás de muros fríos en ciudades de espanto;
intentamos poblar de visitantes nuestros sueños inhabitados,
nos unimos como si tal cosa al bramido de la gente,
caminamos con pies, con ojos, con gafas, con zapatos,
sobre aceras rotas, por calles derretidas y sin recuerdo,
entre imbéciles que se creen agentes del orden,
mandados por corifeos que tornan trascendentales
y adoptan la mirada distante de los escribas persas.

Y aguantamos estoicamente al rebaño semanal
que nos llena las laderas de latas y basura de los hangares,
los adocenados comedores de mierda, los rostros pálidos
que necesitan de máquinas para sentirse fuertes.

Un gesto esperamos, una señal,
una mirada que nos ate a tu destino,
nosotros, que en el alma llevamos
los mil rojos de los montes de Ahaggar.





ESPEJO

Cuando cae el sol en la plenitud del mediodía
sobre el paralítico apostado en una esquina,
cuando el calor abrasa al toxicómano que suda
y a la mujer que vuelve de la compra cargada de verduras
y aceite, y café, y tetrabriks y polvos para la lavadora,
cuando cae el sol a plomo sin el alivio del alisio,
cuando el sudor se vuelve pegajoso
y la vista turbia, y la ciudad intransitable
y la gente hostil, y el asfalto viscoso y el aire líquido,
entonces
el joven bárbaro
brilla desde su mirada oscura, se despoja
de su ropa como de la civilización, capa tras capa
sobre la hierba roja,
y resplandece a la sombra su cuerpo desnudo,
sopla un viento helado que circunda su piel y gira
el Universo
en torno a su sonrisa.





NAMU AMIDA BUTSU

Cuando el Iluminado caminaba en este mundo
luchaban los hombres contra los hombres.
Reinaba el hambre dura y escuálida
sobre las planicies grises
al lado de cubiertos de oro y mansiones de inmundicia.

Silban los trenes ahora en otros continentes,
con naves plateadas que cruzan el vacío,
el frío del espacio que penetra hasta los huesos,
los motores atómicos zumbando suavemente.
Qué lejos está la estación de tránsito,
qué lejos los planetas verdes de atmósferas azules.

Y aquí seguimos atrapados en la rueda de los deseos,
maravillados, desesperados, cansinos,
sordos, ciegos,
esperando
de cara al mar
junto a las costas de Salamina.





EXOPIÉLAGO

El combatiente curtido con el corazón en la boca
se ha metido en una trampa,
ha sido maldecido con una condenación oscura:
ninguna mano acude a sostenerle ahora,
convertido en un extraño entre extraños,
varado en una pleamar seca y solitaria.

La ruina le alcanza y le devora,
despreciado por los dioses blancos
que desembarcaron en estas playas sedientas
antes de que las islas se sumergieran.
Fija la mirada en el lavamanos se pregunta
cuanto ha perdido, mientras el viejo dolor sigue fluyendo.

Ya nunca habrá para él puertas abiertas,
ni invitaciones doradas a la mesa de los hombres poderosos,
pero los niños siguen jugando y creciendo,
y sueñan. Ni una caricia, ni una idea, ni un beso,
ni una mirada se habrán perdido.
Quedarán a la deriva para los buceadores del futuro,
que excavarán en nuestras derrotas y hallarán sufrimiento,
y verdades equivocadas, y sollozos, y disputas.

Le obligaron a ser salvaje para ser libre,
solo entre las multitudes de un siglo atroz,
uno más de una generación desconcertada
que aún no ha podido probar su valía.

Su nombre se pierde con los años
en el mismo limbo en que amarillea su cara ya olvidada:
remoto de estas gentes está en otra parte,
perdido en los jardines del futuro, con una espada,
sombrío.





SOBRE NUESTROS ESCUDOS

Hubo un tiempo en que pudimos haber llegado al tiempo.
Ahora los augures sacan beneficio de cada profecía
y en los desiertos del corazón yacen
las flores en el pelo, el guirre, Ho-Chi-Minh.
Hicimos lo que no debíamos haber hecho:
solo nuestra generación conoce el precio que pagamos.

El viento sopla en contra y las cosas amadas se pudren,
y nosotros aparentamos disfrutar del amor, el ron y el ruido.
Dialécticos y extraños, aún sentimos magua por Cartago,
que un día fue alegre y poderosa.
Las olas siguen batiendo los malecones
y los hombres importantes
exhiben los velos y el vello púbico de las prostitutas del templo,
mientras un funcionario interino escribe
números que no le gustan en impresos amarillos,
anclado a una oficina gris en una ciudad infecta.

Lo que no tenía que haber pasado ocurrió,
llenando el presente de acechanzas y damnificados.
En otra parte hubiésemos hecho otras cosas,
hubiéramos tomado medidas para vigilar nuestra impaciencia.
Pero estamos amarrados a esta tierra
con pesadas cadenas amargas.
Los camaradas que luchamos juntos, y corrimos juntos
y nos abrazábamos,
hemos partido atrapados por nuestro maelström interior,
cada uno hacia nuestra propia equivocación,
en la siniestra dirección de algún conflicto local o íntimo.
No quedan pues amigos para traicionar:
solo los institutos donde aprendimos a mentir
y donde nadie nos habló de nuestros padres y nuestra lengua.

La ciudad nos acoge como si fuéramos lobos solitarios,
y nosotros nos acurrucamos como niños maltratados:
viendo como otros paladean mundos de triunfo
rumiamos amores perdidos en especulaciones abstractas.
En nuestra juventud de héroes
pasábamos por alto todo, pero no a todos,
ni siquiera a los que se quedaron a mitad de camino
para instalarse en sus propias batallas domésticas
o se apartaron a un lado para ser absurdamente valerosos.
Los espejos devuelven imágenes odiosas
del pantano hediondo en que han varado las islas.
Resistimos con el pelo revuelto anunciando canas
mientras los adolescentes aprenden ahora los siete pecados capitales.

El círculo perfecto del tiempo se traza sobre piedra:
dado que los cerdos se han transformado de nuevo en hombres
podemos regresar por fin a casa, supurantes,
sobre nuestros escudos.





DEAMBULANDO POR EL BARRIO COLONIAL

“Nada de lo humano me es ajeno”, recuerdo
siguiendo el camino de las criadas por las calles estrechas
sobre las que reina una soledad artificial y escuálida,
un cielo como de plomo con desgarraduras de esterlicias.
Hubo una época en que escribía caracteres tifinagh
en las inmaculadas paredes blancas y la piedra gris,
ungiendo con mi linfa la vacuidad de las islas.
Sobre estas largas piernas endurecidas marché
soportando una creencia que me llenaba de aflicción
porque desvelaba implacable las veladuras del mundo.
En estas mismas esquinas me miraban las mujeres amadas
buscando piedras rituales y una torre inconmovible,
pero solo hallaban un poeta errático
venido a la ciudad de los hombres
para incendiar este lugar arbitrario
rodeado de alambradas sociales y centinelas del orden,
un niño vulnerable que amaba a Harún al-Rasid.
Arrancaban entonces mi corazón aún palpitante y volvían
a la multitud de gente ordinaria y decente,
mientras este paseante solitario hablaba a voz en grito
de un mundo en que los hombres fueran amables
y sollozaba porque otras personas sollozaban.

Me gustan, no obstante, los frescos patios interiores,
las hermosas casas y palacios de los depredadores,
a pesar de la chatarra metálica aparcada en los garajes.
Paso arrastrando los pies junto a una vieja catedral
en la que entra y sale gente que nunca pregunta
que se traen entre manos los dueños de su destino.
Estas cosas no pueden atraparme, ni me desvían de la certeza
de que se puede vivir sin amor, pero no sin el agua potable
de la ciudad donde reina el largo brazo de la ley.

Acostumbrados al pavor religioso, mi gente se arrodillaba
ante los habitantes de estas viejas paredes.
Careciendo de los medios para enterarse de qué pasaba realmente
se revolvían incómodos en la basura en que los sentidos basan la fe.
En cambio algunos privilegiados tuvimos acceso a espúreas lecturas
que dieron cauce a la profunda violencia que vivía en nosotros:
ya no tememos a los dioses, ni a los espíritus, ni a los hombres,
ni siquiera a los muy malvados y poseídos de sí mismos.
Es éste un suburbio en decadencia en un territorio desolado
del que he intentado deshacerme sabiendo que no había ayuda.
Zeus está con los fuertes: los grandes no pueden ser molestados,
ni siquiera por la visión del Sherwood de mi culto secreto.

Abandonados en este laberinto de oropeles y penitencias
todos deben llevar sus propias caras puestas, echar fechillos,
defender el territorio, el status,
los edificios construidos con el mortero de la sangre,
aquello que nunca me interesó y por lo que jamás lucharé.
Mis antepasados eran sus súbditos, campesinos baratos,
y yo no puedo ocasionarles más que inquietud y desagrado:
un maoísta escarranchado en sus moquetas
interponiéndose ante ellos
en el paso de las Termópilas.





OUTSIDER

Adquiriste una deuda con la sangre que circula en tu sangre
y ha dado forma al curso de tus días, aunque no lo sepas.
La banca gana siempre en esta apuesta,
amenazando con borrarte,
mientras te preguntas cuanto tiempo te queda
antes de que den con tus huellas y derriben tu puerta,
implacables, feroces, para ningunearte,
para encerrarte en el arcón del olvido,
rindiendo culto en sus selectas capillas a un dios nauseabundo.
Todo lo que has hecho a nadie importa,
y cualquier medio para dejarte fuera les parece lícito;
como cirujanos cortan el cordón umbilical
que te une al alma de los hombres;
como rastreadores amenazantes
te cazan como a una fiera acorralada y triste.
Después se comen tu corazón
con la espesa salsa de la indiferencia,
y se felicitan por no haberte dejado pasar sus extrañas fronteras.
Una palabra, un simple gesto, y no habrás existido nunca.
Confinado en una celda hecha de manuscritos rechazados,
alzan a tu alrededor espesos muros de silencio inerte.

Te reconozco, hermano,
porque también nadan en tinta mis glóbulos rojos,
también soporto actitudes hoscas y desprecios densos,
páginas confinadas en el desierto de las tinieblas exteriores,
donde deambulamos como fantasmas intraducibles y ciegos,
ateridos.





DE DERROTA EN DERROTA HASTA LA VICTORIA FINAL

Atrapado en el samsara, nada tengo que ofrecerte.
En mi existencia hay noches que nos separan
o simplemente no existen, y barrancos silenciosos
y caminos oscuros y jardines cerrados.
Canto lentamente tus besos desbordados
y el millo puesto a secar,
el olor agrio de los barrios periféricos
y el fulgor de los jóvenes insurgentes.

Te abrazo sin conocerte y me abro a ti como una flor mojada
derramando sobre el papel la emanación del viento masculino
para que forjes las herramientas de lo verde y la ternura.

Verás frente a mi puerta sólo hondas derrotas,
charcos de miel y un resumen rojo
impregnado de sombras ausentes y movimientos herrumbrentos.

Hacia mi soledad suben las señales de una confusa ambrosía,
deshojando hebra tras hebra las constelaciones del futuro,
amarrado desnudo al temblor de tu herida indomable.

Sin dormir con mis sueños todavía,
haces crecer la esperanza como un árbol
con raíces escondidas entre el humo y los albañiles.

De estos naufragios desdichados se elevan gaviotas
empapadas en substancias submarinas,
mientras en las calles los miserables
se imponen a la muchedumbre triturada,
bendecidos por sacerdotes ebrios y efigies vengativas
desde cubiles saturados de hadas malvadas
y reyes retorcidos.

La pústula de los tribunales y los sátrapas del aluminio
serán barridos por la tormenta que domina tu espada
el día que digas basta y hagas un gesto definitivo.

No busques vino en mis palabras, ni semillas de adormidera
ni estrofas sin sentido.

Cuando llegue el momento del agua y los martillos
yo ya no estaré contigo.

Nada tengo que ofrecerte:
cumple, pues, con tu destino.



UN BUEN DÍA PARA MORIR y otros poemas funerarios

UN BUEN DÍA PARA MORIR

Hoy es un buen día para morir.
El mundo está en armonía,
el sol entibia la tierra.
Una brisa cálida
acompaña mis visiones.

Un buen día para morir.
El universo ha sido amable
conmigo.
Es hora de restablecer el equilibrio.

Es un buen día para morir.
Treinta generaciones me anteceden,
y a cada una presento mis respetos.

He vivido con ánimo indomable:
a nadie cedo mi lugar.
Juegan los niños.
Se ha hecho lo que debía hacerse.

Hoy es un buen día para morir
o para seguir peleando.





CRÓNICAS A MEDIANOCHE

I

Sacó el pie desnudo
y óseo
del ataúd.
Como una cuchilla
el brillo
de la noche.
Entonces los zapatos;
los cordones
demasiado largos
y la horma
demasiado ancha.
Como un brillo
la cuchilla.
Puso los zapatos
en la caja.

Su chaqueta
de los domingos

desgarrada por el viento
en jirones.


Echó a andar.





II

Su cráneo era amarillento,
disparatado.
Con una pluma de palillero
y tinta
de azul
negro
alguien había
trazado
complicados
jeroglíficos,
oscuras rapsodias
en manchas de verde
y un adolescente
desnudo.

En los huecos de los ojos
asomaba
la mirada estúpida de los gusanos.





III

Pútrido,
un cadáver.

El difunto
se enfadó

cuando lo amortajaban:
no quería irse
al otro mundo.

Tenía sus razones.

Al llegar al paraíso
lo asesinaron.





IV

Lo mataron
como a un viejo elefante
–valioso por sus colmillos–
que luego
es devorado
por las hormigas.

Las hormigas, al morir,
se petrifican.


Las piedras
no mueren.





V

1.

Cuando mueres
–te mueres –
si has sido buen creyente
vas al paraíso.

Allí,
bajo dos metros de tierra,
te comen los bichos.





2.

Cuando te mueres
–mueres–
vas al cielo con Marduk, Baal, Osiris, Brahma, Zeus, Yaveh, Alá
—cualesquiera dioses que te reclamen—.

Después
Ellos
salen de su agujero,
se arrastran sobre sus vientres
y te devoran.





VI

Desde hace miles de años
los dioses
–habitantes de las estrellas–
nos devoran.

En el firmamento
hay millones de estrellas.
Conviene no contarlas
– decían –
porque te salen verrugas.

Dioses:
verrugas.





VII

Purulentos,
se empiezan a descomponer
por el vientre.

Después se le vacían
los ojos
y les comen
los labios.

No nos besemos entonces:
ya no seremos
nosotros
—sólo sombras—.





VIII

No seré yo.

Alguna vez quise
que me quemaran entonces.

Mejor es, desde luego,
que otros paladeen fotones
con mis ojos,
o se inunden de transparencia
con mis riñones,
o palpiten en alas con mi corazón.

No son de mi propiedad,
después de todo.
Los heredé de la tierra:
a la tierra vuelven.





IX

1.

(Observación:
los gusanos
de cementerio
son los mejores
para pescar).

Tierra a la tierra,
polvo de estrellas
a las estrellas.





IX

2.

La mejor viña
–el mejor vino–
se da en la tierra
que rodea el camposanto.

Polvo al polvo,
tierra al vino.

Bebo a la salud
de los que vivieron.





X

Bebió a la salud de todos
y después
se rascó la seca
columna vertebral,
sacó los zapatos
del ataúd
y decidió
volver
a acostarse.

La hora
había llegado.





RENACIMIENTO
(JÂTAKA)


1.

Las hojas caídas
no vuelven a las ramas:
son tierra, humus.





2.

No es el frío lo que trae el invierno,
no son cuchillos
las ráfagas de viento.





3.

Sueño en crisantemos
que flotan sobre las olas,
el mar enrojecido por el crepúsculo.





4.

Siguen en pie las montañas.
Indiferentes a las nubes
y al poeta.





5.

Cae la noche.
Bajo el cielo, las estrellas
huéspedes de mi ataúd.





6.

Me deslizo
en tu vientre
como una sombra.





7.

Vacío
—Te espero—
Vienes.




viernes, 19 de noviembre de 2010

SI ME PREGUNTAS DE DÓNDE VENGO

"Yo conozco la fuerza y el tañido
de las palabras que el palco no aplaude.
A veces no la imprimen, no la publican,
pero la palabra salta a revientacinchas,
hace andar a los ataúdes sobre sus cuatro patas de roble
y silban los trenes lamiendo
de la poesía
las manos callosas".

(Vladimir Vladimirovich Maiakovski)





"Y las horas después del almuerzo, en que los jóvenes estudiantes
y las jóvenes estudiantes y los sacerdotes se masturban,
y los animales fornican directamente,
y las abejas huelen a sangre, y las moscas zumban coléricas,
y los primos juegan extrañamente con sus primas".

(Pablo Neruda)




ESTUVIMOS JUNTOS EN UN SOLO FRAGMENTO DE LA MAÑANA

"Levantar adoquines
para clavar
las frenéticas banderas de la imaginación".
(José Caballero Millares)

Adiós, compañera.
Me voy
tal como vine.
Quizá más desnudo
y solo.

Quizá
un mucho más muerto
o más vivo.

No voy a poner dificultades.
Me voy
"ligero de equipaje".
Con todo lo que no me has dejado darte.
Total ni me conoces.
Paso por tu lado y no me has reconocido.

Soy yo,
el de siempre,
ya sabes.
El poeta de zapatos de rocío que te amaba.





ME GUSTA SENTIR LA PULPA TIBIA...

Me gusta sentir la pulpa tibia
de tu carne
y de tu piel
temblando
a la caricia
de mis dedos.

Me gusta
besarte
donde nadie te ha besado.




SIN SABER CÓMO...

Sin saber cómo, llegaste.
Te introdujiste
sigilosamente
en mis habitaciones,
recorriste como un aroma
mis laberintos y pasadizos,
derramaste luz en mis rincones oscuros.

Sin saber cómo te me has hecho necesaria.
Te me has metido en las venas,
has circulado líquida en mis arterias.
Has cuidado mis heridas.
Acariciado mi frente.
Has apagado mi sed con tu agua.

¿Quién eres mujer,
que así caminas?

Porque lo que siento por ti
nunca fue definido
ni nos importa en absoluto cómo se llama._




DESEO

(En latín, desiderium significó, originariamente, ocaso de un astro,
después añoranza, y en una época tardía, deseo)

Esta debe ser la profunda e invencible tendencia
que me empuja a apropiarme de ti
de muy diversas maneras,
pero sobre todo a poseerte sexualmente.

Los animales tienen periodos de celo,
y hasta los elementos químicos
tienden a atraerse entre sí, o a repelerse:
este debe ser, sin duda, mi tributo
a una fuerza consubstancial al universo,
mi raíz mineral,
aunque hay quien dice que el deseo
-- incesante morir y renacer --
sólo es propio del individuo humano.

El deseo desgarrado,
el amor loco.




EN NOCHES DE SILENCIO...

En noches de silencio
me deslizo en tu vientre como una sombra,
como una copa apurada hasta los esfínteres,
como un rumor opaco,
un jadeo interminable,
un no ser sino en ti líquido cuerpo que te habita.

En noches de silencio
recorro tu piel en caricias milimétricas,
a lomos de vellos erizados y dientes que se encuentran,
lenguas que te miden y te penetran,
restos de epidermis que nos repartimos en aromas de saliva.

En noches de silencio,
como viejos cómplices o amantes perversos
desnudamos los cuerpos de las amigas
e intercambiamos miradas secretas.

En noches de silencio, amiga mía.




COMO AL FINAL DE UNA AGONIA...

Como al final de una agonía
quedas derrotada sobre mi piel, jadeante y húmeda.
Te dejo caer suavemente a un lado de las sábanas limpias
y me hundo en tu cuerpo buscando mi propia derrota,
el nirvana impregnado de fluidos.

Entrecruzamos besos de labios relajados,
silencios en calma
y cuerpos que aún permanecen electrizados.

Polvo somos y en polvo nos convertimos.
Las luces que atraviesan torpemente los cristales
nos dan señal de que descendemos sobre el planeta,
de que volvemos al mundo,
de que hace frío y que nos vendría bien un café.

Cigarros, noche, silencio.




INTENSAMENTE DESLIZAR EL INGRAVIDO...

"Y quiero marchar con ella hacia delante,
hacia el lado que crece la mañana,
porque me he desposado con el pueblo
¡y estoy en puro amor arrebatada!".
(Susana Esther Soba)

Intensamente deslizar el ingrávido
momento del romance o del panfleto,
desesperadamente asirse a trozos de un cristal
que brilla desperdigado en la aurora,
olfatear incesantemente una nueva salida,
la vía científica de una forma resuelta e intransigente,
beber hasta las heces
la amargura del presente
con las lágrimas y la fe clavadas
en un futuro que se nos adviene incierto,
palpitar compartiendo la miel infinita
del amor
y mantener afilada la pluma,
el arma,
la bandera
y la imaginación
mientras sea necesario un poema, un verso,
una palabra de amor,
la militancia.




POEMA NOCTURNO

Vivo en la luz.
Domino los amplios espacios iluminados.
Pero para hablar,
para susurrar,
para deslizar las palabras
como ingrávidos
fluorescentes,
preciso
la oscuridad hueca,
la sombra.
El velo líquido
que nos reduce
a voces sin rostro,
a borrachera que se acaba.

Vivo en la sombra.
Amo
la luz tibia de los cigarrillos.




EL EXTRAÑO

¿Qué firme decisión le mueve
o que inescrutable duda
le absorbe?

Porque ese extraño
que se ha subido en tu coche
va hacia algo.
Oculta algo.




UN TRAJE DE NOVIA ASESINADA MOJADO POR LA LLUVIA

"Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,
ansiado por el plomo".
(Miguel Hernández, 'Canción del esposo soldado')

Fíjate bien en esa mujer que viene calle abajo.
No podrían extraérsele
elementos grandiosos para hacer una epopeya
y sin embargo
cuantas cicatrices marcan su joven corazón,
qué profundas ojeras recorren sus mejillas.
Perdida en la noche, a la deriva del amor,
qué profundos naufragios ha sobrevivido,
qué tempestades de mentiras, de telarañas lúgubres,
qué desvarío, qué terrores nocturnos la han asaltado,
qué puentes de desesperación ha cruzado
esa mujer que viene calle abajo.

Esta mujer que hoy es mi esposa
está hecha de encadenadas flores amargas,
construida sobre profundas raíces que se aferran a la tierra,
como mineros del titanio y la piedra bruñida,
como calles de barrio y aceras del tiempo,
fuertemente creciendo, firmemente avanzando,
en medio de las voces y las golondrinas que vienen de la sangre.

Esa mujer que viene calle abajo
tiene profundas raíces en el pueblo.
La madrugada llega con rumores de combate
y ella la recibe empuñando espadas de miel
y besos y sonrisas
frente a los cementerios, frente a los borrachos que escarran
y que orinan piropos de macho irredento en las esquinas,
frente a las mujeres vacías y la muchedumbre que vomita
semáforos y otras conductas sociales,
y de la mano de los niños que escupen
hastío en las aulas como cárceles de los colegios,
y de la mano de los niños que beben amor
con una sed insaciable y desatendida,
y de la mano de los niños, esa mujer, calle abajo.
Y cuando esa mujer llora
no hay angustia comparable con sus ojos oprimidos,
con su música respirada por violines sin cuerda
mientras sin límite tembloroso busca silencios de almohada.
Su amor no es un vino ni una quemadura.
Ella sube sin miedo por las escalas de mi pecho devorado.
Ella recorre los pasadizos de las fábricas de normas
subvirtiendo el aire con su risa transparente.

Con un sabor de rama fresca
ella atraviesa las ventanas en una lluvia de cristales
hacia las calles habitadas por ruedas dentadas,
hacia el mar que desfila en formaciones de espuma
con pies y manos, y manos y pies,
hacia el banquete de mi piel y mi cuerpo desnudo
con sus manzanas y sus besos y sus pechos florecidos
y su corazón cicatrizado y nuevo
llevándome la terrible claridad de un sol enterrado.

Esa mujer que viene calle abajo
no deja dormir a los fariseos,
y los obliga a pasearse en corbata pajarita
por los andamios de los rascacielos,
a miles de kilómetros de altura,
donde las ciudades se vuelven diminutas y los hombres vuelan,
más allá de las intrigas y las falacias que caen pulverizadas
y los siglos de dominación que servirán de abono a la hierba de los cementerios.

Esa mujer que viene calle abajo.
Esa mujer, calle abajo.




BIOPSIA DE UN CANCER DE HOJALATA EN LA COLUMNA

"Je mourrai d'une jambe arrachèe
par un rat gean jailli d'un trou geant"
(Boris Vian)

En una carroza tirada
por cuatro millones de hojas de afeitar
recorro los páramos de abandonadas
latas de sardinas,
embutidos.

Desciendo en una larga alfombra de piel de melocotón
y esparzo una nube de detergente
para cortar la grasa.

Se encabritan tres leones luminosos:
rasuraré su distintivo
y los bajaré a la altura
del proletariado del spot selvático.

Setecientas bombillas más tarde
reanudo la marcha del carruaje:
una jauría de abrelatas hambrientos
nos persigue.




Y UN PASQUIN BOLCHEVIQUE

PROCLAMA

Del Comité Ejecutivo
del Comité Central
del ala bolchevique de los poetas
a todos los poetas:

El claro crisol del cristal
rompe radiante renovadas rarezas
pisando paciente papeles del pueblo.

Y sin embargo
el vidrio de la crisálida
clavó al oso en las mejillas.




ESTOY TAN CANSADO...

Estoy tan cansado,
amor mío,
que hasta las alas de las gaviotas
parecen yertas
en el cielo.

Estoy tan cansado,
amor mío,
que hasta tu rostro se difumina
en las tinieblas.

Estoy tan cansado,
amor mío,
que solo deseo ser
una palabra silenciosa en tu regazo.




IMPUESTO SOBRE LA RENTA DE LAS PERSONAS FISICAS

Nombre: Teodoro Santana.
Edad: Unos tres millones de años, aproximadamente.
Estado civil: Prisionero político.
DNI: Me resisto.
Profesión o actividad principal: Parado (ejército de reserva).
Régimen económico: Miserable.
Domicilio: Una calle donde se vea la luna.
Cónyuge: Ojos Tristes.
Otros miembros de la unidad familiar y su parentesco:
Osito pelusín (ídem)
Luili (muñeca de trapo)
El frío de la calle (desolación habitual).
Clase de liquidación: Cotidiana.
Vivienda: Mis zapatos.
Ingresos por trabajo personal:
Ochenta y cuatro millones de ritmos palabras por minuto.
Valores de renta fija: Ochocientos libros
(los demás valores no son cotizables).
Actividades empresariales: Nunca.
Gastos deducibles: Tinta, papel, pluma, aire, cerebro,
estómago, nervios, riñones.
Base imponible: Un millón doscientos quince mil setenta y dos versos.
A deducir: Falta de trabajo y casa.
A ingresar: Varios milenios de trabajo poético.
A devolver: No pueden.
Situación general: Agredido Desesperado Obstinado Frito
(Táchese lo que no proceda).




POR LOS DELGADOS CAMINOS DE LA SANGRE

"Y el fuego genital transformado en delicia
corre por los delgados caminos de la sangre
hasta precipitarse como un clavel nocturno,
hasta ser y no ser sino un rayo en la sombra".
(Pablo Neruda)

Densamente asombrado,
suavemente colgado de la lámpara del techo,
saco de las oscuras madejas de mi almohada
las pequeñas virutas que se desgajan de mis versos labrados,
los trajes de alcatife, las hojas de acanto, las adelfas y laureles,
las entrañas aheleadas, los alambiques de alcanfor,
el aljibe lleno de libros comunistas, una roja lluvia de ababoles
y una alcolla llena de alcrebite.

Más allá de esta ventana y como surgidos
de las alacenas de mi cerebro
planean en el aire tibio negros abantos jiferos,
pero yo te he reconocido en los pasillos donde el polvo y las arañas
juegan a hacer octógonos solares.

(Hay un yunque profundo en mi pecho
y un vitriolo corrosivo en el estómago)
.

Todas mis pertenencias, todas, una tras otra,
los heliotropos que nunca tuve
y las ratas que me asaltan por los nervios electrizados,
te las dejo en herencia, en encargo,
y reconozco que duelen muy adentro, como el fuego
o como un cáncer en la columna vertebral.

Esto que sopla no es ciertamente un suave céfiro,
y los tiempos no están como para perderse entre alhelíes.

Llega hasta mí un mar de peces celestes, de enormes ojos blancos,
con espuma amarilla y aletas de sangre,
blandas algas disfrazadas de esmeraldas fugitivas,
cientos de acoros y medusas de un gesto anaranjado
y violáceos sonidos a través de la blancura de las rocas.

Tengo un calzador de zapatos por escritorio
y un inviolable hueco para todos mis libros;
me he manchado del barro de las sílabas y las palabras
para construir versos como ceniceros, como tallas, como jarrones,
como piletas de una oscuridad terrible
desflorada por los 100 watios de la bombilla.

Habita un enorme ojo en alguna parte de la habitación
que me vigila, que me desnuda, que me cubre de acíbar
en medio de las goteras y las bacinillas.

Me levanto no obstante, me elevo entre todo,
dejo atrás el espíritu estrecho y el agiotaje de los abaceros
y a tus labios me aferro, en tus labios resisto,
amor mío, amor mío,
hasta que amanezca de nuevo
sobre las aceras mojadas.




BALADA NOCTURNA EN LA PORTADILLA
(Serenata para Bette Davis)


El humo liado y empaquetado,
esa cosa que llaman cigarrillo,
se desangra o desceniza esta noche
de calima y luna y calles.

El yodo del mar llega sobre las azoteas
que se vuelven atónitas
hacia las quillas rectangulares de los muelles.
Coronadas por antenas, respirando
lentamente
el humo del hachich bajo los párpados dormidos
de la city, las horas de la noche hacen fintas por los armarios sudados
y se desploman sobre el hedor de los orines.

Sube el agua a los depósitos.
Bette Davis aplasta la colilla
y bajo las farolas respira regularmente
una húmeda y oscura masa abandonada
sobre una negra balsa de basalto contraído.

Bette Davis nunca conoció La Portadilla,
pero estamos todos enamorados
de los ojos de Bette Davis.
Aquí nadie es Blanco Anglosajón Protestante,
ni siquiera pretendemos imitar a Henry Fonda
en "El mejor Hombre".

En nuestras noches la atmósfera
se llena de sueños, jadeos y cuentas,
de niños que piden agua y viejos que tienen tos.

Somos un ejército terrible
que espera acampado en los arrabales.

Y estamos todos enamorados de los ojos de Bette Davis.




SINFONIA NOCTURNA PARA UN SEMAFORO SOMNOLIENTO

Pido para ti
un al to sue ño
(pausa timbales)

Sombras y muertos se esconden por aquí
(presto)
muerden el polvo
(Pausa. Una moto salpica estrellas a su paso
que se vuelven a tus ojos. BROOOUMMRROARRRR.
Intermezzo)

Recor dar te
ya
no
es
preciso
(súbito)
porque igual que el salitre te prendes a mi camisa

(Aclaración: eres como un viento helado
que azota el rostro. Electrificaste
todas mis células hace tantas noches)

Cinco mil millones de luces ti li lean tes
que se
esconden
y
retuercen
al compás

columnas de gases luminosos
hasta la arena
(ROOOARRRSRRRBROOOUMMM)

La espuma salitrosa revienta
sobre los pilones tetra go nales
de la auto vía
(allegro ascendente)

Pare prohibido pase
siga siga siga
Prohibido romper el engranaje

Fin de la transmisión
(sumiso andante).




SCHERZZO Y FUGA EN EL OJO DE UNA HORMIGA

El controlador cibernético de turno
hunde la bayoneta en mis fosas nasales
hasta tropezar con la cara interna del hueso occipital.
Densamente, lentamente,
espesas gotas de sangre oscura caen sobre los correajes
y los dorados galones que ribetean las mangas.
Abro los ojos mientras me arrastran, como tobillos brutalmente
vestidos de seres humanos, hasta la celda diecinueve
a abrazar a las hambrientas ratas grises venidas del estiércol
que mordisquean mi sucia blusa numerada.
La puerta está abierta y me arrastro
torpemente hasta las baldosas húmedas de la calle.

Escapo tropezando con botes de cerveza hasta mi cuarto,
y me tumbo sobre la cama, junto a guitarras llenas de agua,
las frazadas negras, relojes trabajando como un corazón seco y exasperado.
Han instalado pulsadores automáticos de ritmos cardiaco respiratorios,
y cámaras de visualización panorámica del interfecto.
No dejarán ningún cabo suelto, ni calzoncillos, ni camisas, ni toallas,
y hasta mi pelo rapado tiene un crecimiento estrictamente computarizado.
Han sido revueltos mis papeles como dentaduras olvidadas junto a vasos de agua
y suprimidas las partes más subversivas de mis versos.

Me miro en el espejo y saludo a Osip Brik y a Maiakovski.
El viento barre los escupitajos de la calle, Blake Edwards incluido,
y las cucarachas buscan los olvidados paraísos de la basura.
Me quedan algunas uñas intactas,
y hasta alguna costilla en el abismo de mi tórax
resiste mucho mejor que mis testículos golpeados.
La cisterna aún funciona. Hace frío. Mis tripas están aún empapadas de tierra.
El glu glú del agua hirviendo
calienta mis deformes dedos esclerotizados, de huesos partidos que no suenan.
Luili con sus entrañas de trapo yace en la cama.
Ultimo vistazo a mis libros que gotean un vacío desolado por todas partes.
Farolas lejanas bajo la lluvia que crece sobre el mar.
Hay un cristal roto, un último cigarrillo.
No me he afeitado, y me invaden aún oscuras lágrimas sucias.

(Un tiro en la sien. Todo se acaba).




RESOLUCIÓN CON GUITARRA

Llegando a este momento preciso
en que la historia toma forma de autovía
y pequeñas flores al borde del asfalto
nos sirven de rascacielos esparcidos
para la lucidez y las amanitas,
llegando a este tiempo en que
nos crecen bosques en las cejas
o fuegos de artificio, o bombas de napalm,
llegando a este tiempo en que
las guitarras sirven de refugios atómicos
o de lechos para los amantes perseguidos
y acosados
(siempre acosados).
Llegando a este punto del camino
al borde del precipicio o las amplias alamedas,
con miles de sombras que nos acechan
y dianas y dardos y granadas en flor
y discos y señales luminosas.
Llegando a este tiempo, en fin,
advertencia:
vamos a pelear indefinidamente,
hasta el asalto final al suicidio,
hasta la eclosión de la tierra o la sal
hasta el abrazo final
hasta el adorno final
hasta el bocadillo final
hasta el periódico final
y las últimas noticias,
hasta el paseo final
y la última acera,
hasta la guagua final,
hasta el grito final
hasta el salto final
hasta la victoria final
hasta el carajo final
hasta el carajo final
qué coño,
hasta la muerte.




STUCK INSIDE OF AL ANDALUS WITH THE NATO BLUES AGAIN
(Talking around)

Hemos dejado atrás las bicicletas.
Hemos dejado atrás la laurisilva.
Conservando huellas de manzanas mordidas
y de tejados de amianto y madrugadas,
hemos sido arrastrados por un guante de humo,
un caballo de ceniza, una torre sin perfil.
Hemos entrado por las almenas de lenguas desangradas
dejando atrás el hueco de una hormiga,
una cabellera apuntillada, un mar que devora tetrápodos mutilados.

Con caras marchitas sobre la boca
nos han arrancado de los profundos surcos inextinguibles,
de la tierra ceñida por la luna, la risa y el sollozo;
hemos dejado atrás el amor y los encajes de una quemadura infinita.

Sólo nos quedan los dientes,
los dientes feroces que callarán aislados
por las puertas de cerebros devorados por las orugas,
los dientes como gaviotas con muletas en parajes continentales.

Y ahora sólo somos una multitud que desfila,
que come murciélagos recién aplastados,
marineros perdidos en una sopa de gemidos y cáscaras;
una multitud que orina y que se betuna y que blanquea sandías,
reflejada en cristales alambrados,
lejos de la sinfonía de martillos y las rocas indomables
y la arena espesa,
y los cardones, y los besos alerta.

Sólo somos nombres oscuros, flema y cigarrillos,
números descoloridos derrotados por los devoradores de cerebros.
Hemos dejado atrás los pies de la ternura, las nebulosas, las zapaterías,
los paisajes y la música de las llaves oxidadas.

Nos han traído a los patios deshabitados de la Edad Media,
por escaleras y lomos de vacas heridas y lepidópteros,
por olores nocturnos y guantes de cirujanos tenebrosos.
Ahora, pues, tras el silencio,
lloramos de espanto en los dormitorios
rodeados de nombres viejos y estandartes legendarios
de los que derramaron una sangre que no era la suya.




YA ME LLEGA EL OLOR DEL SALITRE

"Porque soy como el árbol talado que retoña:
aún tengo la vida."
(Miguel Hernández)

Ya me llega el olor del salitre.
No han podido destruirme ni siquiera con el terror,
o la desesperación,
o el disfraz en impecable estado de revista,
estos idiotas servosistematizados.

No han podido arrancarme de mis versos, de mis palabras aceradas,
de las oscuras raíces que me vinculan al magma y al éter;
no han podido hacerme renunciar a la resolución más hermosa que poseo,
vencedora de los machacamientos de encéfalos y cerebelos blanqueados.

Me esperan fuera gentes que ni siquiera me conocen.
Acaso esa mujer que vuelve de la compra a sus calderos
como si fuera a hacer un poema con cilantro y perejil y hierba huerto.
O quizá ese viejo que en la plaza aguarda que se abran las puertas del sol
para diluirse entre picadura y tos, suavemente.

Me esperan fuera los que no me leen, los que no saben que existo,
las amplias masas derrotadas antes de la batalla,
esa niña que descubre su sangre, vecina de mi casa
y esa adolescente que al pasar desea mi carne con una fuerza irrepetible.

Tengo que volver para esa abuela cubana paridora de muchas vidas,
de manos cansadas y ojos de historia y de años.
Para los enamorados,
para los que vomitan angustia por las mañanas,
para los que nunca son escuchados, he de volver.
Me esperan todos, con sus ojos y sus oídos y sus órganos sexuales
donde, sin saberlo, están mis versos.
Vuelvo para los cadáveres devorados por las hormigas,
para el que murió acuchillado en una esquina cuando iba a cruzar el mundo,
para los hombres agonizantes y las mujeres embarazadas.

Vuelvo para el que abrió la llave del gas y amaneció definitivamente pálido,
para la muchacha que será depredada por el ejército de machos,
para el niño que se baña entre las bolsas flotantes de Las Canteras.
Vuelvo para los que duermen, para los que no saben leer,
para el amenazado, el que no tiene salida.
Para mi amante enamorada que me espera.
Para todos vuelvo.

Porque aún tengo la vida.




ANTESALA DEL VIENTO

Amada mía, señora mía, cuando yo de ti ausente
a tu casa y a tus paredes por ásperos caminos haya vuelto,
todo lo que perdí volverá con las aves, con el curso de la vida
que se reanuda en Octubre: es la hora del cigarro
y las ventanas donde anidan los pájaros y el viento.

Me han sepultado tan lejos de mi tierra
que, convertido en agua,
en llanto y ceniza me deshago.

No es posible recoger tantos escombros:
la misma Europa se espanta del monstruo que ha parido,
ejércitos feroces en acecho, multitudes deshumanizadas
que aún no saben la causa de la guerra venidera,
espectros pendientes del Belcebú atómico.

Amor, amor, de un triste hábito me vistieron,
y fui obligado a arrastrar largamente cadenas y hospitales
que en torcidos alfanjes se volvían.

Amada mía, señora mía, cuando a tu cuerpo
desde esta deportación desolada haya vuelto
no quiero que mi tierra siga siendo mera geografía,
tan solo playas, dragos y dromedarios en siete islas sordomudas:
quiero un paisaje con historia.

Por nuestro amor y la vida que viene
es preciso que el planeta pierda su lúgubre condición de cárcel
aunque suponga enterrar mis versos aún vivos
bajo los rojos, los ocres, azules, malvas diluidos
de la ciudad que proyecta su agonía interminable.

Con el corazón contraído en un último esfuerzo, pronto me alejaré
de estos hombres que tienen timbres invisibles en las espaldas.

Ya siento la máquina de escribir estremeciéndose a cada verso,
cabellos que crecen hasta el nivel de los pozos artesianos de la sangre
y violetas que crecen de un despertador pisoteado.

Volveré a pasear con todos los verbos intransitivos desahuciados
bajo el brazo,
como un gato de pies delicados deslizante y errático por las calles grises
con tu imagen clara bebiendo en el oasis de mis ojos.

He tendido los rieles: el tren no tardará.
Pronto subiré y bajaré a la espuma del mar en una ascendente hélice irisada.
Y con grandes pasos, confiado, seguro, solo,
echaré de nuevo a andar.




AL ENCUENTRO DEL MAGMA

"Consigna:
arrancar la alegría a los días venideros".
(Vladimir Vladimirovich Maikovski)

A ocho mil metros de altura, aproximadamente,
amigos míos, hacia la libertad me dirijo
(una libertad condicional, quede claro).

Queridos enemigos, señoras respetables, damas,
niñas repipis sentadas en una lágrima,
caballeros, señoritas, personas decentes:
vuelvo para escupirles patadas verbales en las mejillas sonrosadas.

Querida fauna excremental de las islas,
ladys, gentlemen, everybody:
los campos de concentración no apagan las palabras.


En el vuelo IB 371, Sevilla Las Palmas,
el 21 de Octubre de 1981.



ESTOY LLENO DE ISLA

Me arrancaron hacia la Europa meridional,
hacia donde no hay viento o perfume del hombre,
hacia donde jamás el mar impone su amenaza.
Pero aquí quedaron mis pulmones respirando en Las Canteras,
como música cuajada en hielo súbito.
Aquí quedaron mis ojos oteando entre los versos
de muchachos de miradas polvorientas
y profundos cercos de muerte en las mejillas,
y un lejano horizonte que se encuentra más allá de la línea azul
donde las espumas furiosas amontonan sus rastros.
Aquí se quedó mi corazón, perdido en las ramas de un amor delirante,
y mi espalda apoyada en la arena cálida,
en el recuerdo tibio de avispas ahogadas
y en la razón.
Quedaron mis fuerzas empeñadas en una lucha infinita,
y mis palabras,
que no aplauden los consagrados de dentaduras de vidrio postizo,
ni las autoridades, ni la gente respetable.
Mi sexo, mis riñones, mis vasos capilares y las arterias
quedaron en el subsuelo
(¿o no han notado un ligero sabor a sangre
desde hace unos meses en el agua corriente?)

Quedaron aquí entre nísperos y amanitas
mis compañeros de viaje, mis cómplices de poesía,
como aprendices de brujo o harimaguadas.
Poco de mí se llevaron ciertamente estos lobos
(acaso las gafas, ni siquiera la mirada).

Mi espacio sin perfil en isla se abandona:
aquí me quedé
y aquí me encuentro.




BALADA OSCURA

Con un rictus amargo y una lava injuriada,
con un rictus amargo y como un puño obstinado,
suenan con voz aguardentosa y oscura
palabras densas y destrucciones que me son conocidas.
Silba el tiempo sin medida con un cierto perfume de ciruelas,
con molinillos de café y alambiques de alcanfor,
y botellas rotas y tiras de papel y calendarios amarillos.

El Tao es el devenir del Universo y fluye en todas direcciones,
con largos tormentos y orgasmos intensos y sacudidas de arena,
con flores de venas celestes que crecen al borde del asfalto,
con abejas nupciales que emergen violentamente
o linternas pálidas bajo la lluvia gris.

El Tao es aquello por lo que todas las cosas son como son:
los bosques que nos crecen en las cejas,
la eclosión del titanio, las orejas mordidas,
las escamas de sal, las miradas húmedas como piernas abiertas,
los pezones, las amapolas, los relámpagos,
las galaxias, los testículos, las válvulas mitrales.

Con una lucidez invencible y enemiga
nada hay en el mundo más débil que el agua
pero no hay nada mejor para vencer a lo fuerte.

Como una ola hecha de todas las olas
con espuma amarilla y aletas de sangre,
El Tao nada hace, y sin embargo
nada queda sin hacer.

Entre desmedidos edificios y aceras mojadas
la ciudad se disuelve insomne junto a los muelles.
Los hombres vienen y van como un ejército fantasma,
y las jóvenes parejas se introducen dedos temblorosos con olor a nicotina,
recorren encendidas las esquinas ocultas y las autovías,
desembocan en este o aquel instante, avanzan
como un pleamar de bilis o de saliva,
de semen verde, de azogue y de alcrebite.

Llega la primavera y la hierba crece por sí misma,
y negras raíces en forma de cuchillos o de falos
se levantan en las playas de un océano de guitarras azules
como delfines ciegos o dimensiones turbias
en un movimiento sin tregua, desolado, final.




LAS SIETE DE LA TARDE

Soy solo un hombre pendiente de una puerta.
De la marcha del reloj.
Del minuto que falta.
En medio del murmullo desocupado
de las siete de la tarde
y ese tono especial que invade
el bar de Magisterio,
soy solo un hombre pendiente de una puerta.

Como un idiota tengo miedo a que esta vez no venga.
Pero de un momento a otro,
quizás antes de terminar de escribir,
va a llegar,
va a aparecer por esa puerta,
va a besarme
y abrazarme
y llenarme los oscuros recodos del corazón hasta estallar.

A mis años,
ya se ve,
soy solo un hombre pendiente de una puerta.




LA SANGRE VIENE SILBANDO DE LEJOS
(Homenaje a Neruda)

"Y una paloma muerta con un número"
(Pablo Neruda)

Como la miel, como mares poblándose
de lo lleno, oscuros de pesadas gotas grises,
de miradas polvorientas caídas sobre la leche pétrea de los escritorios,
su movimiento es húmedo, decaído, final.

Largamente he permanecido mirando mis largas piernas,
el desgaste hasta el tuétano de los codos,
los jóvenes homosexuales y los gatos que cruzan la calle en silencio,
este gran bosque respiratorio y enredado,
algo abiertamente invencible y enemigo.

El olor de las mercaderías me hace llorar a gritos
en medio de pájaros de azufre y horribles intestinos
de hierro injuriado, con ojos de yeso.

El día de los proletarios, el día pálido se asoma,
rechazado al caer y como un puño obstinado.
Hay algo denso, unido, sentado en el fondo,
un extremo imperio de confusas unidades,
de falsos dirigentes, de costumbre un tanto lúgubres.

Un ejército de luz nace con fuerza en mis manos,
desde ahora, como una partida verificada lejos,
violentamente emergiendo, fríamente asociándose,
en el fondo del mar profundo que surge de la sangre.

En la noche de los terrores, volando en la voz de la lluvia
he vencido al ángel del sueño, el funesto pasado
conquistado, a punta de bayoneta, por lo vespertino;
he paseado con calma, con ojos, con zapatos,
por hospitales donde los huesos salen por la ventana
acompañado por la sombra de las administraciones.

(Qué pura eres de sol y de noche caída
como filos de espadas o herencias del humo,
oh, mujer de mi corazón, hija de la tierra,
hecha de encadenadas hojas amargas;
en tu frente descansa el color de las amapolas:
mi alma te pregunta desesperadamente por el metal que necesita.)

El viento de las calles, el viento gris,
vestido de un fulgor moribundo y una escama opaca
entre sombras y espacio, de cada uno
de estos días negros como viejos hierros,
en un movimiento sin tregua, precipitadamente pálido,
verá partir la lluvia un enlutado día
con su azul material vagamente invencible.




EL HIJO QUE ME VA A NACER

El hijo que me va a nacer
se está muriendo de hambre en Somalia,
es palestino en Gaza o Cisjordania,
es un senderista torturado en Lima,
está cayendo alcanzado por la metralla en Sarajevo,
esconde su piel en los suburbios de Soweto,
se lo comen las ratas en Tailandia,
lo matan en las calles de Brasilia,
nunca aprenderá a leer en Guatemala
y lo devora la fiebre en una barraca de Turquía.

Lo persiguen ferozmente en todas partes,
pero en todas partes vive:
a vivir viene a este planeta,
a resistir como cada uno,
y se alimenta bien y está bien cuidado
cerrando el puño en el vientre de su madre.




BALADA DEL NO HAY OLVIDO

A veces el destino de tus lágrimas llega hasta mí
como un arma terrible ardiendo con el tránsito de los besos,
entre restos de amor que discurren barranquera abajo,
como un sanguinolento pleamar de vino y de substancia,
de fríos amaneceres sin sonido, de metales insistentes
y de mariposa que agonizan con la ausencia.

A veces eres mujer y otras veces nenúfar;
a veces es perfume de ciruelas lo que circula por tus vasos linfáticos,
y esfuerzos humanos como palomas entre la noche y el tiempo.
Has conservado una tendencia amarga, un sabor solitario,
el aire encadenado sobre las ciudades.

A veces te desangras en los lavabos
o mueres de sobredosis en los retretes,
o te duermes borracho en los gélidos parques centrales
tal que bosques enjaulados de la city.
A veces te enamoras y otras veces respiras a medias:
tu corazón es un océano sin orillas, un lecho junto al frío,
un portal huido, un dominio acuchillado los domingos.

De cada uno de estos días negros a la deriva
recuerdo tu sombra contra las esquinas y los semáforos,
como un ciervo perdido en la espesura,
entre la masa sudorosa y apresurada,
con su directa indiferencia o su espeso latido.

Yo defiendo lo tenaz que aún sobrevive en tus ojos,
la esperanza que nace a cada paso posterior a cada derrota,
como si fueras algo que se transforma perpetuamente.

Un día de estos vas a descender de los rascacielos,
vas a subir de las alcantarillas,
vas a desenvainar palabras duras como filos de espadas,
vas a traer un cierto gesto intransigente, un magma regurgitado.

Un día de estos te vas a encender con venas y con saliva,
con dedos y pezones y pestañas nocturnas;
vas a inundar con amapolas y relámpagos
estas calles que huelen a cebolla mojada y nidos de gaviotas,
pintando con sangre sumergida las escuelas y los barrios periféricos.

No hay olvido.




TESTAMENTO

Si muero sin que tú mueras, compañera,
quiero que vivas por los dos,
que combatas por los dos.

Y que termines mis poemas
y la revolución.